Los ataques de pánico son una experiencia intensa y aterradora que puede ocurrir de manera inesperada, generando una sensación de peligro inminente, incluso cuando no hay una amenaza real. Muchas personas que los experimentan describen síntomas físicos y emocionales abrumadores, como palpitaciones, falta de aire, mareo, sudoración, y un miedo profundo a perder el control o incluso morir. Estos episodios pueden durar unos pocos minutos, pero su impacto puede extenderse mucho más allá, afectando la calidad de vida y generando un temor constante a que vuelvan a ocurrir.

El trastorno de pánico, caracterizado por la recurrencia de estos episodios, no solo tiene un impacto emocional, sino que también afecta a la vida diaria. Las personas pueden evitar ciertas situaciones o lugares por miedo a desencadenar un ataque, lo que limita su libertad y su bienestar.

Pero, ¿qué ocurre realmente en el cerebro durante un ataque de pánico? Entender los mecanismos cerebrales que lo provocan es clave para reducir el estigma, ofrecer una explicación a los síntomas y encontrar formas de gestionarlo de manera efectiva.

En este artículo, exploraremos lo que sucede en tu mente y tu cuerpo durante un ataque de pánico, desde el papel de la amígdala, el centro del miedo, hasta las reacciones químicas que se desencadenan en el sistema nervioso. Comprender estos procesos puede ser el primer paso para retomar el control y buscar estrategias adecuadas para manejar la situación.

¿Qué es un ataque de pánico y cuáles son sus síntomas?

Un ataque de pánico es una oleada repentina e intensa de miedo o malestar que alcanza su punto máximo en pocos minutos, acompañada de una serie de síntomas físicos y emocionales. Aunque puede surgir sin un desencadenante aparente, la experiencia suele ser tan intensa que muchas personas sienten que están sufriendo un ataque cardíaco, perdiendo el control o incluso que van a morir.

Es importante aclarar la diferencia entre ansiedad y pánico, ya que aunque ambos están relacionados, se manifiestan de maneras distintas.

La ansiedad suele ser una emoción anticipatoria, vinculada a preocupaciones sobre el futuro. Sus síntomas son más graduales y persistentes, como tensión muscular, inquietud o pensamientos repetitivos.

Sin embargo, el pánico, aparece de forma brusca y repentina, con síntomas más intensos y de corta duración, creando una sensación de peligro inmediato.

Para entender mejor este fenómeno, veamos con más detalle cómo se presenta un ataque de pánico y cuáles son sus síntomas más comunes.

Durante un ataque de pánico, el cuerpo reacciona como si estuviera en peligro extremo, activando la respuesta de lucha o huida. Esto provoca una serie de síntomas tanto físicos como emocionales.

Se consideran síntomas físicos de un ataque de pánico los siguientes: palpitaciones o aceleración del ritmo cardíaco, sudoración excesiva, dificultad para respirar o sensación de asfixia, mareo o aturdimiento, dolor o malestar en el pecho, sensación de entumecimiento o hormigueo en manos y pies, escalofríos o sofocos.

Por otro lado, los síntomas emocionales de un ataque de pánico son: miedo intenso a perder el control o volverse loco, sensación de irrealidad o desconexión del entorno (despersonalización o desrealización), e incluso miedo a morir.

Estos síntomas alcanzan su punto máximo en cuestión de minutos, lo que puede hacer que el episodio resulte particularmente aterrador para quien lo experimenta.

¿Cuánto duran y con qué frecuencia ocurren los ataques de pánico?

Un ataque de pánico suele durar entre 5 y 20 minutos, aunque algunos episodios más intensos pueden prolongarse hasta 30 minutos o más. La sensación de malestar puede extenderse incluso después de que el ataque ha pasado, dejando a la persona agotada física y emocionalmente.

En el caso del trastorno de pánico, los ataques son recurrentes y van acompañados de un miedo constante a que vuelvan a ocurrir, lo que puede llevar a evitar ciertas situaciones o espacios. Este miedo anticipatorio puede limitar significativamente la vida diaria, afectando a relaciones, trabajo y actividades sociales.

El cerebro durante un ataque de pánico

Durante un ataque de pánico, el cerebro interpreta una situación como una amenaza extrema, incluso si no existe un peligro real. Esta reacción exagerada activa sistemas clave en el cerebro que generan una respuesta física y emocional desproporcionada. Veamos qué ocurre en el cerebro durante un episodio de pánico.

El cerebro tiene un mecanismo de defensa innato conocido como la respuesta de lucha o huida, diseñado para protegernos en situaciones de peligro real. Cuando se activa, el cerebro libera las hormonas del estrés, principalmente adrenalina y cortisol, para preparar al cuerpo para escapar (huida) o enfrentarse a la amenaza (lucha).

Cuando se produce un ataque de pánico, esta respuesta se activa de manera errónea, haciendo que el cuerpo reaccione como si estuviera en peligro inminente, aunque no haya una causa real.

Esta reacción es el resultado de la acción de varias áreas del cerebro:

  • La amígdala: una pequeña estructura que es el centro de las emociones del cerebro y está encargada de detectar el peligro. En personas con trastorno de pánico, la amígdala puede ser más reactiva, interpretando estímulos inocuos como amenazas.
  • El hipotálamo: cuando la amígdala detecta el «peligro», envía una señal al hipotálamo, que activa el sistema nervioso simpático para poner en marcha la respuesta de lucha o huida.
  • La corteza prefrontal: esta parte del cerebro, responsable de evaluar y tomar decisiones racionales, no siempre logra controlar las reacciones impulsadas por la amígdala durante un ataque de pánico, lo que refuerza la sensación de pérdida de control.

Durante un ataque de pánico, el cerebro también libera grandes cantidades de neurotransmisores, como la noradrenalina y el glutamato, que aumentan la activación física y emocional, que suele denominarse “la química del miedo”. Esta tormenta química en el cerebro produce los síntomas físicos del pánico, como el aumento del ritmo cardíaco, la hiperventilación y la sensación de asfixia.

Al mismo tiempo, la actividad del sistema GABA, que ayuda a calmar el cerebro, puede disminuir, lo que dificulta que el cuerpo regrese a un estado de calma.

Saber que estos síntomas son el resultado de una reacción exagerada del cerebro y no corresponden a un peligro real puede ser un primer paso importante para controlar el pánico. Entender que tu cerebro está sobreactuando, y que no es cierto que «algo terrible está a punto de suceder», permite que el proceso de recuperación comience.

Algunas personas que experimentan ataques de pánico suelen preguntarse “¿por qué me pasa a mí?” y, como ocurre en la mayoría de los procesos psicológicos, es fundamental desterrar cualquier atisbo de culpa. El hecho de que tu sistema nervioso “malinterprete” señales inocuas como de peligro es algo que, de primeras, no puedes controlar ni es tu responsabilidad. Dicho esto, entender las causas y evitar los desencadenantes es parte del proceso para controlar o eliminar los ataques de pánico.

Causas y desencadenantes de los ataques de pánico

Los ataques de pánico pueden aparecer de forma repentina y, a menudo, sin una causa clara. Sin embargo, existen ciertos factores que pueden actuar como desencadenantes, ya sea en situaciones específicas o como resultado de experiencias emocionales intensas. Reconocer estos factores es clave para la prevención y el manejo del trastorno de pánico.

Situaciones estresantes y traumas

Las experiencias de estrés prolongado o eventos traumáticos pueden aumentar la vulnerabilidad al pánico.

Ejemplos de situaciones traumáticas o de estrés mantenido en el tiempo pueden ser problemas familiares o de pareja, estrés laboral o académico, duelos o pérdidas importantes, experiencias traumáticas pasadas, como accidentes o episodios de violencia, entre otros.

El cuerpo y/o la mente acumulan este estrés continuado o los efectos de la experiencia traumática y los canaliza mediante los ataques de pánico; digamos que es la forma que encuentra de darles salida, aunque sea una experiencia altamente desagradable.

Factores biológicos y genéticos

El trastorno de pánico puede tener una base biológica. Los antecedentes familiares de trastornos de ansiedad pueden aumentar el riesgo, al igual que ciertas alteraciones en los neurotransmisores del cerebro, como la serotonina y el GABA.

Además, algunas condiciones médicas pueden causar síntomas similares a los del pánico y desencadenar ataques, como los problemas de tiroides, la hipoglucemia (niveles bajos de azúcar en la sangre) o las arritmias cardíacas.

No está en tu mano cambiar los antecedentes ni muchas de las condiciones médicas; sin embargo, identificarlas como posibles causantes de los ataques de pánico puede aportar tranquilidad o, al menos, comprensión.

Consumo de sustancias

El consumo de cafeína, nicotina y otras sustancias estimulantes puede exacerbar la ansiedad y provocar ataques de pánico. Asimismo, el uso o abstinencia de drogas y alcohol puede contribuir al desarrollo de síntomas.

El primer paso y el más sencillo si experimentas ataques de pánico es eliminar estas sustancias que son potenciadoras de los ataques; esto sí está en tu mano. Además, la mayoría son de por sí elementos que no benefician a tu salud, por lo que tienes una razón más para eliminar su consumo.

Pensamientos catastróficos y miedo al miedo

Una característica común del trastorno de pánico es el miedo al propio pánico. Es decir, el temor constante a que ocurra otro ataque puede convertirse en un desencadenante. Este ciclo de anticipación genera una mayor ansiedad y puede desembocar en nuevos episodios.

Como hemos visto, el trastorno por ansiedad es diferente al trastorno de pánico; las personas ansiosas no tienen por qué experimentar ataques de pánico, pero la ansiedad sí jugará en contra de las personas que sufren ataques de pánico.

Una buena higiene mental, con pensamientos positivos o rutinas diarias de agradecimiento, puede contrarrestar los efectos de los pensamientos negativos.

Entornos o situaciones específicas y ataques de pánico nocturnos

En algunos casos, los ataques de pánico están vinculados a situaciones concretas, como lugares concurridos o espacios cerrados (claustrofobia), situaciones sociales, especialmente si la persona teme ser observada o juzgada, conducir, volar…

Algunas personas incluso pueden experimentar ataques de pánico nocturnos, por lo que se encuentran más tensos al saber que puede sobrevenirles un ataque de pánico por la noche, mientras están durmiendo. Los síntomas de estos ataques de pánico nocturnos son los mismos (palpitaciones, sensación de ahogo, sensación de estar en peligro), y también sus causas, solo que aparecen cuando el cuerpo intenta descansar y relajarse durante el sueño, lo cual resulta aún más desconcertante.

Cómo superar un ataque de pánico

Superar un ataque de pánico puede parecer abrumador, pero existen estrategias eficaces para manejarlo en el momento y tratamientos a largo plazo que ayudan a reducir su frecuencia e intensidad. Veamos algunas de las herramientas clave.

Cuando un ataque de pánico comienza, es fundamental aplicar técnicas que ayuden a regular el sistema nervioso y recuperar el control, como estas tres:

  1. Respiración diafragmática: inhala profundamente por la nariz durante 4 segundos, mantén la respiración 4 segundos y exhala lentamente durante 6 segundos. Repite varias veces hasta que la sensación de pánico disminuya.
    La respiración lenta y profunda activa el sistema nervioso parasimpático, ayudando a reducir el ritmo cardíaco y la tensión. Esta es solo una de las muchas técnicas de relajación mediante respiración que existe. Puedes probar varias de ellas y comprobar cuál es más efectiva para ti.
  2. Concentración en el aquí y ahora: el enraizamiento o groundinges una técnica útil para romper el ciclo del pánico. Una estrategia sencilla es el ejercicio de las «5 cosas»: identifica 5 cosas que puedes ver, 4 cosas que puedes tocar, 3 cosas que puedes oír, 2 cosas que puedes oler y 1 cosa que puedes saborear.
    Este método redirige la atención a los estímulos presentes y ayuda a disminuir el estado de alerta. El cerebro no puede estar al 100% en dos tareas a la vez, así que al darle otra acción, tiene irremediablemente que bajar la intensidad de la sensación de pánico.
  3. Afirmaciones calmantes: repetir frases como “Esto es solo un ataque de pánico, no me hará daño”o “Esto pasará pronto”puede ayudarte a reconectar con la realidad y reducir el miedo. Puedes decírtelas en el momento, escribirlas en un papel para tenerlas a mano, tener una imagen en el móvil con estos mensajes, grabarte a ti mismo un vídeo o audio con estas afirmaciones para usarlo en caso de ataque, pedir a alguien que te las repita… Cualquier estrategia que a ti te sirva será útil al respecto.

Las estrategias, ya sean estas u otras, tienen el objetivo de controlar, disminuir o hacer que cese el ataque de pánico en el momento que está ocurriendo.

Además de las estrategias inmediatas, es importante buscar tratamientos efectivos a largo plazo que aborden las causas del trastorno de pánico y eviten que los ataques se repitan. Es decir, aquello en lo que se puede trabajar una vez que el ataque haya pasado. Te sugerimos las tres que suelen resultar más eficaces.

  1. Terapia Cognitivo-Conductual (TCC). Se trata de uno de los tratamientos más exitosos para el trastorno de pánico. La TCC ayuda a las personas a identificar y modificar pensamientos distorsionadosque alimentan el pánico. Parte de la base de una re-estructuración cognitiva en la que cuestionar pensamientos o creencias que das por ciertos pero que en realidad no lo son. También ayuda a exponerse gradualmentea situaciones temidas para comprobar de forma controlada y fehaciente que no son peligrosas y, así, reducir el miedo. Y se combina con el aprendizaje de técnicas de relajación y manejo del estrés.
  2. Mindfulness y regulación emocional. El foco ayuda a reducir la ansiedad anticipatoriaal enseñar a observar los pensamientos sin juzgarlos. Las prácticas de meditación y conciencia plena también fortalecen la capacidad de autorregulación emocional. No se trata solo de practicar la atención plena justo cuando está sucediendo el ataque de pánico, sino de ejercitar esta práctica de forma continuada, como si de un entrenamiento se tratara, para conseguir un estado de regulación emocional más estable.
  3. Tratamiento médico farmacológico. En algunos casos, el médico puede recomendar el uso de medicación, como ansiolíticos o antidepresivos, para controlar los síntomas mientras se trabaja en terapia. Es fundamental combinar el tratamiento farmacológico con la intervención psicológica para obtener los mejores resultados, ponerse siempre en manos de profesionales y jamás auto medicarse.

Las estrategias y los tratamientos mencionados forman un conjunto de herramientas a las que pueden recurrir las personas que experimentan ataques de pánico para conseguir la disminución o cura de este trastorno.

La importancia del apoyo profesional en los ataques de pánico

Superar el trastorno de pánico puede ser difícil sin ayuda. Un profesional de la salud mental puede guiarte en el proceso, personalizando el tratamiento para tus necesidades específicas.

Vivir con el trastorno de pánico puede ser desafiante, especialmente si los ataques son recurrentes, si aparece “el miedo al miedo”, o si se llega al extremo de sufrir ataques de pánico diarios. La buena noticia es que comprender qué ocurre en tu mente durante un ataque es el primer paso para superarlo. Con las estrategias adecuadas, el apoyo de profesionales y un tratamiento específico para los ataques de pánico es posible recuperar el control y mejorar tu calidad de vida.

Tanto si es la primera vez que sufres un ataque de pánico como si los has experimentado en varias ocasiones y sientes que están afectando tu calidad de vida, buscar apoyo es un paso esencial. En Espai Cognoos, te ofrecemos acompañamiento profesional para ayudarte a recuperar tu bienestar emocional y manejar la ansiedad con confianza y serenidad.

Si te identificas con lo descrito en este artículo, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. Te invitamos a concertar una cita y dar el primer paso hacia tu bienestar emocional.